Chiquillo temeroso de la velocidad con la que su sombra disimula al mirarlo
Destruir, demoler todo para comenzar la obra de nuevo. La piedra convertida en polvo dentro del taller. El lienzo en la chimenea ardiendo como si se tratase del ingenuo Icaro al acercarse al sol. Olvidar quién soy para que la obra cobre más protagonismo que el autor. Borrar cualquier atisbo de la identidad para que la creación tenga foco central.
Es de ser alguien tan soberbio como estupido pensar que eso es posible, pues soy quien soy y lo que nazca de mí, tendrá el peso de mi pasado. Y por más que me odie no soy nadie para privar a mi obra de su identidad.
Llevo días pensando en cómo voy a enfrentarme a mi propio rechazo, en una lucha interna y caníbal, detestando cualquier resultado que no sea el de borrar todo y dejar solo silencio y oscuridad, pero la necesidad de callar mis voces es más fuerte que el miedo a ser escuchado. Cuando sentir se hace más fuerte que temer, ese, ese es el momento en el que tu eres quien debes ser. Y solo soy un chiquillo tembloroso con lágrimas de rabia aun secándose en un rostro frío y calmado. El ahora, solo importa el ahora.
Solo somos chiquillos, es de las cosas que más me repito mientras contemplo al mundo con una profunda mezcla entre asco y amor que sería digna de estudio. Solo somos chiquillos, cierto, solo somos chiquillos pero los años pasan haciendo mella en nuestra ingenua ilusión avinagrándonos como un vino que no es ni muy bueno ni está bien conservado. Pues no lo sabéis pero, nos enfrentamos a pecho descubierto contra nuestro peor enemigo, el yo.
El hijo de puta es terco, no descansa y sabe dónde están tus puntos débiles. Todas las noches te susurra al oído, amenaza tu seguridad, desnuda tus temores. Pero no es malo, solo es un chiquillo, como el resto de cabrones que tenemos alrededor, pues, posiblemente todos sois de mentira, una invención de mi maravillosa mente, que os hace tan guapos como gilipollas.
Yo también soy terco, me canso, pero sonrío mientras me arrastro, así que no voy a permitir que él apague la poca chispa que me quede, pues la vida es tan corta como insignificante. Yo soy insignificante, mi yo lo es, tú lo eres, no somos una mierda en este manantial caótico donde las emociones son tragadas por un oscuro pez que vive en el fondo y cuyo único objetivo sea robar el alma de todo aquello que brille un poco, solo un poquito. El pez te devora mientras grita consignas del tipo, hombres de bien, deber, responsabilidad, con una u otra bandera.
Bah, es solo un pez, no puede volar, no tiene alas, déjalo en el manantial y elevate. Deja todo esos peces dispuestos a engullir las emociones de los demás mientras las suyas son ahogadas con los ecos de opiniones insulsas y carentes del filo suficiente como para dar un tajo limpio en nuestros pensamientos, pues es más fuerte un pensamiento con latido que mil palabras con temor. Miedo, el fiel compañero de la estupidez.
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